Después de un largo viaje de ocho días, en bus, desde la ciudad de Maracaibo, en la República Bolivariana de Venezuela, la pulga inmigrante llegó sana y salva hasta Santiago, la capital de Chile, hasta cuando se encontró con el fumigador, el ángel verdugo.

 Con mucha astucia y habilidad, características propias de la especie, la pulga inmigrante se refugió en el vello púbico de Dayana Salomón, una hermosa venezolana de veintisiete primaveras; en ese hábitat, se aseguró con humedad, calor y temperatura, componentes básicos en la lucha por la supervivencia, aunque a veces, durante la marcha del autobús y a punta de saltos, emergía, pero luego se regresaba a su zona de confort, el monte de venus.

La muchacha, con su pasaporte en mano, abandonó Venezuela, como una más del masivo éxodo, el país se hallaba en crisis, supermercados vacíos, una caída libre en el precio del crudo, una deuda externa por las nubes y expropiaciones por debajo de la evaluación fiscal; estos factores agravaron la crisis de la cual Dayana y la pulga inmigrante, no fueron la excepción; definitivamente, esta señorita, hija única, se despedía de sus padres, con la ilusión de encontrar nuevos horizontes, se marchaba con las maletas llenas de ropa, de sueños y sin saberlo, con una pulga en la lencería, en la búsqueda de un nuevo pelaje, tampoco era una pulga cualquiera, viajar al extranjero, le subía el pelo.

Hasta el momento en que comenzó el naufragio social y financiero, Dayana pertenecía a una familia de clase media alta. El padre, había sido un exitoso médico cirujano, retirado de la profesión y la madre una dueña de casa. Con el dinero que recibió de una de las viviendas confiscadas, portaba quince mil dólares en efectivo, capital con el que iniciaría un particular emprendimiento en Chile.

Es preciso señalar un poco de la etología, el insecto saltó desde un perro cuya raza era setter irlandés, en donde la pulga vivía feliz, en efecto, digamos que poseía un cierto abolengo y sangre azul.

A decir verdad, la diminuta morfología del parásito, entre dos a cuatro milímetros, le favoreció en los controles fronterizos. Es que, la justicia es una injusticia en la entomología, no todos los bichos corren la misma suerte; a saber, a la mosca de la fruta, en sus vuelos, se le presentan miles de trampas con feromonas; las tarántulas tienen estrictas prohibiciones de ingreso en los aeropuertos, los escorpiones que irradian luz ultra violeta en la cutícula, son detectados a través de los rayos, hasta las cosmopolitas chinches en el interior de las maletas, son descubiertos por perros con un olfato altamente desarrollado; debido al alto grado que poseen en la adaptabilidad y dispersión, por eso existen severas normas prohibitivas  del Servicio Agrícola y Ganadero,  fiscalizadores junto a sus canes, rastrean entre los equipajes; lo mismo sucede en los puertos con los barcos cargueros de granos almacenados, los embarques son sometidos a fumigaciones con gases de fosfina para eliminar gorgojos, escarabajos, polillas y otros polífagos, también sucede algo similar con embalajes de madera cuando se sospecha la presencia de termitas, en fin, toda regla tiene su excepción, sobre todo para esta insignificante pulguienta de medio pelo.

Curiosamente, la pulga inmigrante, parecía tener más vidas que un gato, sobrevivió a dos fumigaciones que se aplicaron al bus, es más, gracias al par de largas patas traseras, lograba impulsarse hacia arriba y hacia adelante con una agilidad admirable, es que a punta de acrobacias, conseguía sobrevivir, escabullirse de ser aprisionada entre las uñas de los pulgares, cuando Dayana la sorprendió, afuera de su habitáculo, en donde cualquier hombre fogoso hubiese querido permanecer; como asimismo logró rehuir la trompa de una aspiradora cuando los operarios del aseo, succionaban el polvo del tapiz en las butacas, en un terminal de Colombia.

Ahora bien, digamos que la pulga inmigrante, durante el trayecto, nunca utilizó el aparato bucal para perforar la suave y tersa piel de su hospedera, si bien es cierto, en la condición de hematófagas, pueden vivir hasta cien días sin chupar sangre, en ayuno, semejante a una hibernación en algunos mamíferos y reptiles; solo lo harán después de la cópula, a través de su probóscide, ellas elijen el momento para ovular y proceder a la postura de los huevos, la ovoposición; así que la pulga inmigrante, al viajar sola, sin un pulgón, que brillaba por su ausencia, solo se convirtió en un insecto de compañía para la viajera.

Por otra parte, el fastidio e incomodidad para Dayana, se originaba cada vez que reclinaba el asiento, ahí la sentía desplazarse por sobre el monte de venus, es que a nadie le gusta percibirlas cuando se deslizan por la piel o por los vellos, tampoco podía rascarse, era poco digno e indecoroso introducir la mano para intentar agarrarla, al lado de extraños y desconocidos, que tuvo de compañeros de asiento, desde que el bus salió de Maracaibo hasta que llegó a Santiago.

 Sin embargo, la mayor preocupación radicaba en sufrir picaduras, era alérgica y podría llenarse de sarpullidos, un ataque de la pulga inmigrante le atrasaría los planes que tenía.

Justo es decir que, para la pulga inmigrante, viajar sola, sin un pulgón con el cual aparearse o tener un revolcón, fue solo una quimera, ¿quién no ha soñado con experimentar un romance durante un largo viaje?, a través del medio que sea, en realidad es una fantasía de cualquier ser vivo o buen amante que se precie de tal; en aquel tedioso e interminable viaje, la pulga inmigrante disfrutaba el presente, pero ignoraba el futuro, si terminaría entre los dedos de su hospedera, reventada en un charco de sangre, muerta en el baño del bus; tal vez en el pelaje de un quiltro o quién sabe en qué pelos.

Ahora bien, Dayana Salomón, era una mujer valiente, intrépida y soñadora, la travesía que llevó a cabo era encomiable, no en vano, llevaba quince mil dólares ocultos en la maleta, más aún, si consideramos que por aquellos caminos existen peligros que cambian en un minuto el destino de los viajeros. Sin mayores preámbulos, en medio de la carretera, carteles paramilitares y guerrillas dedicadas al narcotráfico como a la trata de blancas, se cruzan y embisten a los medios del transporte público, autos o camiones, con el fin de acometer todo tipo de fechorías, matan y después dicen “manos arriba”.

En Chile, ejercería el oficio más antiguo del mundo, sería su primera vez en la prostitución, varias de sus compatriotas que se habían dedicado al puterío, tuvieron suertes dispares, incluso una amiga cercana estaba involucrada con mafias, ellos negociaban con los clientes y administraban los pagos. Dayana en cambio, sería una escort, con servicios para usuarios de un cierto nivel, pretendía tener al lado un hombre que la entendiera y resguardara; con el dinero arrendaría un inmueble, crearía una página web para subir fotos sin mucha ropa, el capital debía generar interés, la meta era regresar por los padres.

Sobre la marcha, Dayana planificaba en lo que haría cuando llegase, mientras miraba el paisaje, escribía poemas que le nacían del alma, y pensaba en cómo matar a la pulga, aunque no tenía ronchas, tampoco la veía como un insecto de compañía, más bien era un fastidio, una pulga en la oreja, ya encontraría la ocasión para atraparla, ya entraría al baño del bus, se bajaría los calzones e intentaría cogerla para matarla, tenerla entre las uñas de los pulgares, ver la sangre sobre los dedos, sin insecticidas ni raid, nada de armas químicas.

Ahora bien, la escasez de productos antiparasitarios en las farmacias veterinarias de Venezuela, la convirtió en una experta sicaria cuando el setter irlandés se infestó, consecuentemente, durante el viaje, las técnicas milenarias de mojarse las yemas con saliva, no le habían resultado, gracias a la habilidad de la pulga inmigrante y a los movimientos propios del bus en la carretera.

Por ejemplo, durante el trayecto, un grupo de pobladores peruanos, se tomó con barricadas la carretera, entre Tacna y Lima en protesta por reivindicaciones sociales, sin respuesta por parte del Estado. El bus se detuvo varias horas en medio de un taco, Dayana, junto a otros pasajeros, se bajaron para tomar aire y estirar las piernas; hacía mucho calor, igual la pulga se aferró a la solapa de la chaqueta para regular el sistema respiratorio, asimismo en la noche soportaron el invierno boliviano; es que, en la lucha por la supervivencia, Charles Darwin, sustentaba que sobrevivían las especies más aptas, en todos los aspectos y según el entorno; y esta pulguienta de medio pelo tampoco era la excepción.

Al llegar, finalmente hasta Santiago, Dayana arrendó un departamento amueblado. El lugar se adaptaba al emprendimiento, lo más absurdo y descarado, resultó ser que la pulga inmigrante era “malas pulgas” y salió con su domingo siete, sin aguantarse, la agujereó una y otra vez para hacer madurar los huevos y eclosionó a cientos de pulguitas, que se instalaron en los pelos de una alfombra.

Antes de parir, dejó a su hospedera con urticaria, aquello atrasó el inicio de los planes, todo entra por la vista y siempre la primera impresión es la que vale, los sarpullidos en la piel, que dejó el aguijón de la pulga inmigrante, eran manchas rojizas antiestéticas. 

En el intertanto, en la misma ciudad, residía Hildebrando González, con hartos años de oficio como fumigador, tenía sesenta abriles y era un perito en el servicio de erradicación de pulgas, realizaba solo este tipo de prestaciones en la empresa llamada S.O.S. Pulgas.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle? –Atendió el teléfono celular como un llamado más de los que recibía.

Señor Hildebrando, buenas tardes, estoy desesperada, necesito su ayuda, lo vi en internet con un aviso que usted es especialista en pulgas, ¿me podría cotizar por favor? —Consultó Dayana.

Señorita por su acento me doy cuenta que es venezolana, encantado de poder atenderla, dígame su dirección para ir a visitarla —Contestó Hildebrando González—

Las Pataguas 1448, a un costado de la Estación Los Leones —Señaló Dayana.

Por la visita de inspección ocular cobro veinte mil pesos—Agregó el pulgólogo, mientras deslizaba la mano por una frondosa barba blanca.

Después de transferir, le dijo —Entonces lo espero, ¿cómo a qué hora vendría?

A las cinco de la tarde en punto estaré en su domicilio

–Muchas gracias señor. Hasta Luego—Se despidió la mujer.

Qué agradece. Hasta luego —Respondió, en seguida se manoseó el bigote encanecido.

Para los propósitos de Dayana, mantener un lugar sin pulgas, era vital, si llegaban los primeros clientes y se marchaban pulguientos, jamás volverían, pretendía tener una buena reputación, anhelaba una cartera cautiva de parroquianos contentos.

Cerca de la hora señalada, sonó el citófono, el conserje del edificio le avisaba la presencia del fumigador, que se presentó vestido con un overol blanco desechable, para medir infestaciones, así impedía llevarlas hasta su hogar.

Hola buenas tardes, gusto en conocerlo señor, que puntual–-Le dijo Dayana, mientras miró el celular.

Buenas tardes señorita Dayana, mucho gusto también

Llegué hace una semana y me encontré con muchas pulgas en este departamento—Explicó, en realidad evitó comentar la verdad, para qué confundir la situación, decir que había traído la pulga inmigrante desde Venezuela, que había sido como una pulga en la oreja durante todo el trayecto, que se le había escapado desde los pulgares en el baño del bus, que se movía por el monte de venus, cada vez que reclinaba el asiento o que la vio en la solapa de su chaqueta cuando el bus se detuvo en medio de una protesta, no tenía sentido.

El controlador de plagas dirigió la mirada hacia las pantorrillas del traje angelical, observó pequeños puntos negros que caminaban despacio y a la vez brincaban, aparecían y desaparecían con la elasticidad propia que las distingue.

—¿Don Hildebrando, en que consiste el servicio y cuánto me saldría?, hágame una atención, considere que estoy recién llegada –Afirmó Dayana, en tono de sutil petición.

–Debemos hacer dos aplicaciones, una primera más un repaso a los diez días, insecticida mezclado con larvicida para eliminar los huevos y así bajar la carga de la plaga—Aseguróel experto.

–¿Y en dinero cuánto me saldría? Interpeló Dayana.

Serían ciento ochenta mil pesos, con una garantía de tres meses, sin costo adicional en caso de rebrotes—Aseguró el pulgólogo.

 Cuando la mujer escuchó el valor, pensó en la equivalencia a un servicio como dama de compañía o escort; lo invitó hasta un balcón para hablar de negocios, comenzó a ser directa, sin tapujos, con la sonrisa coqueta y sensual, el fumigador se sorprendió, las mariposas nocturnas y polillas, que había eliminado, resucitaban y revoloteaban por el estómago.

–¿Quiere servirse una arepa Don Hildebrando? –Y antes de que el fumigador respondiera, se la colocó en la boca– Las hace un compatriota y las entrega por Delivery—Continuó Dayana.

Está buena, es como el reemplazo del pan, aunque igual se hace con harinas– Platicó medio nervioso Hildebrando.

–¿Y en qué piensas trabajar acá en la ciudad? – Inquirió el fumigador.

Quiero ofrecer servicios para hombres, no sé si me explico, pero, así como está el departamento no me atrevo a iniciar nada, tú eres el único que me podría ayudar—Le expresó con un tono de voz erótico, libidinoso, que dejó embrujado al exterminador.

Los latidos del andropáusico, aceleraron el ritmo, aunque tenía una pérdida en el deseo sexual, una baja testosterona y problemas para lograr una erección, ahora por obra y arte de magia, la bella venezolana lo cautivaba.

Dime, ¿cómo podría pagarte tus servicios? – Interrogó Dayana.

Me podrías pagar mis servicios con tus servicios—Replicó el hombre con el traje blanco y el alma negra.

Eso sería muy chévere, un trueque o como dice el tango cambalache—Propuso Dayana.

De un momento a otro, el traje blanco y toda la ropa de Hildebrando, quedaron desparramadas en el living, el departamento se convirtió en un templo del pecado y consecuentemente, quedó una masacre, solo sobrevivió la pulga inmigrante que, al ver invadida su zona de confort, logró escapar y aferrarse a los pelos en el pecho del fumigador, nuevamente apareció el instinto de sobrevivencia, descrito por Darwin en el libro “La Teoría de la evolución. El origen de las especies”.

Al día siguiente, en su domicilio, antes de entrar a la ducha, el fumigador se miró el rostro en el espejo del baño, entonces distinguió un punto negro que se movía por entre los pelos blancos de la frondosa barba, la pulga inmigrante, por su color marrón oscuro, se convirtió en un blanco perfecto; sin titubeos, Hildebrando González se mojó las yemas de los dedos, y entre las uñas de los pulgares, la pulga inmigrante, sin vacilar marchar, se pegó un salto a mejor vida.

 Pero hubo algo que, Hildebrando González, en los años de circo de su oficio como controlador de plagas, jamás había visto, un suceso que lo dejó boquiabierto; cuando la reventó, vio que la sangre de la pulga era azul como la de algunos calamares y crustáceos, no en vano tenía un cierto linaje irlandés.

 Podríamos decir que, la pulga inmigrante, en su paso o más bien en su salto por esta vida, no fue una más entre los millones de su familia y género. Con la muerte fulminante que padeció, inició un viaje al “pulgatorio”, entre los dedos de un pulgólogo que acometió un pulguicidio, ya que con los pulgares, hizo justicia con sus propias manos.

Finalmente, Hildebrando se jubiló, colgó para siempre la mochila pulverizadora, se dedicó a ser el caballero de compañía de Dayana Salomón.

Después de un año, de ejercer el oficio más antiguo del mundo, la rentabilidad superó todas las expectativas, entonces Dayana decidió visitar a sus padres en Venezuela, junto al pulgólogo, para llevarlos hasta Chile.

Una vez arriba del bus en movimiento, rumbo a Maracaibo, cuando iniciaban una larga odisea, Hildebrando sintió algo raro desplazarse por entre sus partes pudendas, le comentó a Dayana la extraña sensación.

Ambos entraron al baño del bus.

Dayana, era una mujer intrépida, valiente, soñadora y la pulga inmigrante, una de medio pelo, una excepción entre los artrópodos e insectos, con más vidas que un gato, hasta que apareció el ángel verdugo, Hildebrando González, que la degolló.

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