Escribir diez cuentos durante siete años, se convirtió en un ejercicio muy complejo, espiritual, místico, me requirió de mucha concentración, paciencia y entrega, observar el medio que me rodea en mi trabajo como controlador de plagas, escribir desde un punto de vista entomológico, así como el botánico observa el crecimiento de las plantas, así me dediqué a ficcionar diversas situaciones que me parecieron dignas de relatar.

Convertir a diversos organismos como pulgas, moscas, arañas o murciélagos, en el eje sustantivo de los relatos, fue una especie de exploración por los recovecos de la realidad que me rodea, escribir acerca de temas que conozco me resultó fascinante, basado en la teoría del iceberg, popularizada por Freud y Heminwuay, donde solo una pequeña parte de algo es visible y el resto permanece oculto, revelando solo un fragmento de la historia, dejando implícita la profundidad de los personajes y sus motivaciones, donde me propuse que el lector comprenda el mensaje que pretendí transmitir como autor, la dimensión real y la dimensión fantasmal.

En esta loca aventura  en la búsqueda de historias y anécdotas, me di la licencia de cambiar ciertas cosas, con la intención de lograr una cierta empatía entre personajes y lector, para eso tuve que despegar un poco los pies del suelo, para imaginar y ficcionar los cuentos, realidad y ficción, fantasía y realidad, fueron los elementos fundamentales para obtener los recursos narrativos, ya que cuando estos se juntan, son como dos placas tectónicas que se acomodan para crear un movimiento sísmico, para crear una fuerza narrativa.

 En cada cuento, debí trabajar con el fin de obtener la estructuración que diera el movimiento y la relevancia a los relatos hasta llegar a puerto; así como los elefantes tienen determinadas articulaciones que los anfibios no tienen, así debí articular a través del lenguaje, que es el esqueleto de la prosa, con el fin de lograr un sentido, una verosimilitud. Construir un andamiaje, como el Jenga, donde las piezas deben funcionar para que el texto no se derrumbara, mantener el equilibrio como un malabarista lo hace con su barra para trasladarse desde un punto a otro, esa barra llevaba las descripciones, la atmósfera, los personajes y el conflicto.

Debo confesar, que algunos de los textos tienen un registro autobiográfico, como La Traición, el cual convertí en una especie de autoficción, híbrido, situaciones narradas con experiencias personales escritas en tercera persona, bajo una mirada subjetiva, sin restricciones, tuve que dividirme en dos, desdoblarme, entre la verdad y la mentira, saber dónde esconderme detrás de la voz narrativa, la escritura sobre la escritura, lo que llaman la meta literatura, el yo que narra y el yo que es narrado y que mira a la distancia y que se narra a sí mismo, una cierta ironía con uno mismo, una pugna en no traspasar los límites de la escritura en el copy page de mi propia realidad, donde necesitaba un desahogo, contar lo que no debía contar.

En definitiva, mi escritura se convirtió en una especie de aventura, como la que emprende un andinista hacia la montaña, como la del navegante en su velero, como la aventura que emprenden los amantes, es que toda aventura tiene un propósito, un sentido único, está llena de incertidumbres y riesgos, sabes el comienzo, pero desconoces como terminará.

Por último; Ricardo Piglia, un escritor argentino, dice: “todos somos narradores, todos tenemos una historia que contar, desde nuestros padres y abuelos hasta la gente de la calle, todos somos expertos en la narración, todos intercambiamos historias, todos sabemos narrar con mayor o menor pertinencia y calidad, un día en la vida de cualquiera de nosotros es un día de las historias que nos cuentan”. Contar historias es un acto de comunicación, podemos transformar una realidad a través del lenguaje y pasársela a otra persona a través de la ficción o la no ficción.

La literatura está plagada de aventuras, desde Julio Verne con viaje al centro de la tierra, Las aventuras de Tin Tin, La Odisea de Homero, con el viaje de Ulises; Mampato; Los tres mosqueteros, de Alejandro Duma; la literatura policial, Sherlock Holmes, el detective privado de ficción creado por Arthur Conan Doyle; y ahora se suma otra nueva y loca aventura: Como pecas, plagas.

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